Mi marido me puso a subasta en su gala a modo de broma: «¡Veinte dólares por esta esposa inútil!», hasta que un desconocido alzó la voz…

Mi marido me puso a subasta en su gala a modo de broma: «¡Veinte dólares por esta esposa inútil!», hasta que un desconocido alzó la voz…

Elena Barrera permaneció inmóvil mientras 300 personas observaban cómo su esposo levantaba un micrófono y convertía 27 años de matrimonio en el chiste principal de la noche.

—Empecemos la subasta en 400 pesos —anunció Mauricio Santillán, sonriendo desde el escenario—. ¿Quién quiere llevarse a la esposa más aburrida de la Ciudad de México?

Las carcajadas recorrieron el salón del hotel de Polanco.

Un empresario levantó su paleta como broma. Otro gritó que ofrecía 500 pesos si Elena también sabía planchar camisas. Mauricio rio todavía más fuerte, satisfecho con la atención.

Elena llevaba un vestido azul marino que había comprado especialmente para la gala. Ella había elegido las flores, revisado el menú, corregido la lista de invitados y llamado 6 veces al proveedor de sonido. Durante 11 años había organizado cada evento de la Fundación Santillán sin recibir salario ni aparecer en las fotografías oficiales.

Mauricio siempre decía que ella trabajaba “detrás de las cortinas” porque no tenía personalidad para estar frente al público.

Aquella noche, después de varias copas de whisky, decidió demostrarlo.

—Vamos, señores —insistió—. Cocina bien, habla poco y jamás discute. Aunque debo advertirles que no sabe divertirse.

Elena no lloró.

Miró los rostros de personas a quienes había enviado tarjetas de cumpleaños, visitado en hospitales y recibido en su casa. Todos reían porque el hombre que sostenía el micrófono les había dado permiso para hacerlo.

Entonces una voz surgió desde el fondo del salón.

—Ofrezco 40 millones de pesos.

El silencio cayó de inmediato.

Mauricio bajó lentamente el micrófono.

Cerca de la entrada se encontraba un hombre de cabello gris, traje oscuro y expresión serena. No levantó ninguna paleta. Tampoco sonrió.

Simplemente miraba a Elena.

Varias personas lo reconocieron y comenzaron a murmurar.

Era Arturo Valdés, dueño de una de las compañías logísticas más importantes del país y patrocinador de numerosos proyectos sociales. Casi nunca asistía a fiestas empresariales y rechazaba aparecer en revistas.

Mauricio recuperó su sonrisa de vendedor.

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—Señor Valdés, qué honor. Supongo que su oferta es una generosa donación para nuestra fundación.

Arturo caminó hacia el escenario.

—No vine por su fundación.

La sonrisa de Mauricio desapareció.

—Entonces no comprendo.

—Vine porque me dijeron que la señora Elena Barrera estaría aquí.

Todos volvieron a mirarla.

—No conozco a este hombre —aclaró Elena.

Arturo se detuvo frente a ella.

—Es verdad. Nunca nos hemos visto. Pero llevo años buscándola.

Mauricio apretó el micrófono.

—¿Buscándola para qué?

Arturo ni siquiera volteó hacia él.

—Señora Barrera, lamento haber intervenido de esta manera. No pretendía convertirla en parte de otro espectáculo. Solo quería detener el que su esposo estaba haciendo.

Después sacó una tarjeta de su bolsillo.

—Necesito contarle algo sobre una persona llamada Rebeca Valdés. Le agradecería que aceptara cenar conmigo mañana.

Elena recordó aquel nombre.

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