franqueza.
Se frotó las manos.
—No sé cómo seguir viviendo con esto.
Lo observé con atención.
—No puedo darte una respuesta que te haga sentir inocente, Derek.
Él asintió.
—Lo sé.
—Y tampoco puedo prometer que volvamos a ser los hermanos que fuimos una vez. Bajó la mirada.
«Lo entiendo».
Nos quedamos en silencio.
Más tarde, me contó que había decidido mudarse de la casa familiar y empezar a trabajar en otro lugar, distinto a la empresa donde nuestra madre esperaba verlo empleado. «Necesito aprender a tomar decisiones sin esperar a que ella me diga cuáles son aceptables».
Lo escuché.
«Es un comienzo», respondí. «Pero cambiar de casa no cambia lo que ocurrió».
«Lo sé».
Sacó un papel doblado del bolsillo.
«He redactado una declaración con todo lo que recuerdo. Se la he entregado al investigador. No voy a modificarla para protegerme».
No me mostró lo que decía.
Y se
