Él suspiró. —Se ve agotada.
Asentí. —Hablaré con ella. Con suavidad esta vez.
Durante el fin de semana, traté de averiguar más.
Sam se encogió de hombros. —No habla de su casa. Solo dice que su papá trabaja mucho. Y a veces le cortan la luz. Ella finge que está bien, pero siempre tiene hambre… y está cansada.
Ese lunes, Lizie se veía aún más pálida. Al sacar su tarea, su mochila se deslizó de la silla y se abrió de golpe. Papeles se esparcieron por el suelo: facturas arrugadas, un sobre de monedas y un aviso de corte con el sello “ADVERTENCIA FINAL” en rojo.
Un cuaderno desgastado cayó abierto, con páginas llenas de listas.
Me arrodillé para ayudar. “DESALOJO” me miraba en letras grandes. Debajo, con letra ordenada: “Lo que llevamos primero si nos desalojan.”
—Lizie… —mi voz se quebró—. ¿Qué es esto?
Ella se congeló, labios apretados, dedos retorciendo su sudadera.
Sam jadeó. —¡Lizie, no dijiste que estaba tan mal!
Dan entró. —¿Qué pasa? —Vio los papeles.
Le levanté el sobre. —Lizie, cariño… ¿tú y tu papá están perdiendo su casa?
Ella miró al suelo, aferrándose a su mochila. —Mi papá dijo que no le dijera a nadie. Dijo que no es asunto de nadie.
—Cariño, eso no es cierto —dije suavemente—. Nos importa. Pero no podemos ayudar si no sabemos lo que está pasando.
Ella negó con la cabeza, formándose lágrimas. —Él dice que la gente nos mirará diferente. Como si estuviéramos mendigando.
Dan se agachó a nuestro lado. —¿Hay algún otro lugar al que puedas ir? ¿Una tía o amiga?
Negó con más fuerza. —Lo intentamos… pero no había espacio.
Sam le apretó la mano. —No tienes que ocultar esto. Lo resolveremos juntas.
Asentí. —No estás sola, Lizie. Ahora estamos en esto contigo.
Ella dudó, mirando su teléfono agrietado. —¿Debería llamar a mi papá? Se enojará.
—Déjame hablar con él —dije—. Solo queremos ayudar.
Ella llamó. Esperamos. Preparé café, Dan guardó los platos. Mi estómago daba vueltas.
Sonó el timbre. El padre de Lizie entró, con el cansancio reflejado en todo su cuerpo. Manchas de aceite en sus jeans, ojeras oscuras bajo los ojos, pero aún intentó sonreír.
—Gracias por alimentar a mi hija —dijo, estrechando la mano de Dan—. Soy Paul. Perdón por las molestias.
Negué con la cabeza. —Soy Helena. Esto no ha sido una molestia. Pero Lizie carga demasiado.
Él miró las facturas, apretando la mandíbula. —No debería haber traído esto aquí —dijo—. Pensé que podía arreglarlo… si trabajaba más.
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