No debí decirlo.
Mariana respiró hondo.
—Gracias por reconocerlo.
Eso fue todo.
No hubo milagro ni reconciliación. Y precisamente por eso se sintió real.
El divorcio se concretó meses después. Jorge intentó una última vez convencerla de que había cambiado. Le dijo que ya tenía sueldo, que estaba pagando sus deudas y que podían “empezar desde cero”.
Mariana le dijo que alegrarse porque ya pagaba su propia comida no era una prueba de amor: era simplemente comportarse como adulto.
La última vez que lo vio fue para firmar unos documentos. Jorge parecía más delgado y mucho menos arrogante. Antes de irse, miró a Mariana y dijo:
—Al final sí me dejaste por dinero.
Ella negó con la cabeza.
—No te dejé porque te faltara dinero. Te dejé porque te faltaba respeto por el dinero que yo ganaba, por mi trabajo y por mí.
Jorge no encontró respuesta.
Esa noche, Mariana
