igual al diseño original, porque le habían reducido la estructura, suavizado la falda y eliminado parte del bordado lateral para ajustarlo a su cuerpo. Pero seguía siendo mío. Lo reconocí en la caída del escote, en la forma de la manga transparente, en el patrón de perlas pequeñas bordadas como constelaciones sobre la espalda.
Ese vestido nació una noche en que Adrian me prometió que, cuando todo estuviera mejor, haríamos una ceremonia íntima.
Yo le creí.
Diseñé el vestido en secreto.
No para presumirlo.
No para venderlo.
Para mí.
Para la versión de mí que todavía pensaba que algún día él me miraría caminar hacia él y entendería que yo no era solo la mujer que firmaba contratos, pagaba facturas y resolvía crisis.
Era su esposa.
Cuando le enseñé el boceto, tres años atrás, él lo miró apenas cinco segundos.
—Es hermoso —dijo—, pero una boda así sería demasiado. Ya
