mujer que tienen al lado no está hecha para ser decorado.
No sé en qué momento dejé de ser su orgullo y me convertí en su amenaza.
Tal vez fue la primera vez que un inversor me pidió opinión a mí antes que a él.
Tal vez fue cuando la casa de la revista de diseño puso mi nombre en portada y el suyo en un párrafo secundario.
Tal vez fue cuando firmamos el contrato prenupcial y mi abogado dejó claro que mis empresas, mis diseños, mis propiedades y mis fideicomisos quedaban fuera de su alcance.
Adrian sonrió aquel día y dijo:
—No necesito nada tuyo, Isabella. Me ofende que pienses lo contrario.
Qué frase tan bonita para un hombre que tres años después me encerraría en una mansión comprada con mi dinero.
El auto avanzaba entre semáforos. En el asiento del pasajero, la carpeta de Harris parecía respirar.
Divorcio.
