Quedó en el suelo, empapada, con el maquillaje corrido y una mano cortada por un vidrio. Nadie corrió a ayudarla.
Arturo me cubrió con su saco.
—Vámonos, hija.
Salimos del salón sin mirar atrás. Los flashes de los celulares iluminaron el camino, pero nadie se atrevió a detenernos. En el elevador, por fin respiré. Mi padre no dijo nada. Solo sostuvo mi mano como cuando era niña y tenía miedo de cruzar una calle.
Esa noche dormí en mi antigua habitación, en la casa familiar de Polanco. Al amanecer, el sol entró por las cortinas y me desperté con una paz que no recordaba. Sobre el escritorio estaba mi desayuno favorito: café de olla, pan dulce y fruta picada. La señora Teresa, que me cuidó desde niña, lloró al verme.
—Bienvenida a casa, mi niña.
Más tarde, mi padre me llamó a su estudio.
—Los periodistas están afuera —dijo—. Quieren entrevista. Las acciones del Grupo Imperio cayeron al abrir el mercado. Los bancos iniciaron revisión. Varias propiedades de los Salvatierra quedaron bajo investigación. ¿Quieres hablar?
Miré por la ventana. Afuera, una camioneta negra estaba estacionada. Diego esperaba junto a la reja, con el mismo traje de la noche anterior, arrugado, destruido. En la mano llevaba flores.
—No quiero hablar con la prensa —dije—. Solo quiero cerrar esto.
Matías salió con una carpeta. Desde la ventana vi cómo le entregaba a Diego los papeles del divorcio. Él se negó primero. Gritó que quería verme. Suplicó. Esperó horas bajo el sol. Al atardecer recibió una llamada del hospital.
Después de escucharla, se sentó en la banqueta como si le hubieran arrancado el alma. Finalmente firmó.
Esa misma noche, los noticieros hablaron del Grupo Imperio, de investigaciones por fraude financiero y de contratos inflados. Diego fue citado por las autoridades.
Sofía intentó tomar un vuelo fuera del país, pero la detuvieron en el aeropuerto porque sus cuentas estaban congeladas y había denuncias pendientes por movimientos irregulares ligados a su familia.
Yo vi todo desde la sala de mi casa, con una taza caliente entre las manos.
No sonreí por su caída. La desgracia ajena no cura una herida propia. Pero sí entendí algo: la justicia no siempre llega con gritos. A veces llega caminando despacio, vestida de rojo, tomada de la mano de un padre que nunca dejó de esperar.
Dos días después, la marca del anillo casi había desaparecido de mi dedo.
Borré el número de Diego. Borré las fotos. Borré los mensajes de Sofía. Luego apagué el teléfono y miré el jardín de mi infancia.
Durante tres años cambié mi apellido por silencio, mi voz por obediencia y mi brillo por migajas de amor. Pero una mujer no pierde su valor porque alguien no sepa verlo. Solo necesita recordar quién era antes de que la convencieran de sentirse pequeña.
Y yo, por fin, lo había recordado.