Un hombre dejó caer su copa. Otro sacó el teléfono. Los murmullos se volvieron gritos ahogados. Varios ejecutivos de Diego se miraron entre sí como si acabaran de escuchar una sentencia de muerte.
—¡No puede hacer eso! —dijo Diego, perdiendo el control—. Llevamos ocho meses negociando. Los contratos están listos.
—Yo hago negocios con personas, no con papeles —respondió Arturo—. Y usted acaba de demostrarme qué clase de persona es.
En ese instante llegó corriendo el director financiero del Grupo Imperio, sudando, con la corbata torcida.
—Señor Salvatierra… el banco recibió la notificación. Si el Grupo Aguilar se retira, mañana congelan las líneas de crédito. Las acciones pueden desplomarse.
Diego lo agarró por los hombros.
—¡Arréglalo!
—No se puede. Sin esa alianza, no tenemos garantía suficiente.
El rostro de Diego se descompuso. Sus ojos buscaron los míos. Ya no había desprecio en ellos. Había miedo.
—Mariana —dijo, acercándose—. Por favor. Habla con tu papá. Dile que esto es un malentendido. Yo siempre te cuidé.
—¿Me cuidaste? —pregunté en voz baja—. ¿Cuando me dejabas sola en esa casa? ¿Cuando le regalaste a Sofía el collar que yo pensé que era para nuestro aniversario? ¿
Cuando dijiste que mi vestido te daba vergüenza? ¿Cuando acabas de decirle a todos que estoy mal de la cabeza?
Diego no pudo sostenerme la mirada.
Sofía intentó acercarse a él.
—Diego, amor, no dejes que ella…
Él se volvió hacia ella con una frialdad nueva.
—Cállate.
Sofía retrocedió como si la hubieran golpeado.
—¿Qué?
—Lárgate —dijo Diego—. No vuelvas a mi casa. No vuelvas a buscarme. Si te veo cerca de mi familia, te hundo.
La mujer que hacía una hora me escribía “es mío” empezó a llorar en medio del salón.
—¡Tú me prometiste que te divorciarías! ¡Me dijiste que yo sería la señora Salvatierra!
Todos escucharon. Todos entendieron.
Diego cerró los ojos, derrotado. Su celular empezó a sonar. Contestó con la mano temblando. La voz de su madre se oyó tan fuerte que varios invitados alcanzaron a escuchar.
—¡Tu padre se desmayó! ¡Dime qué le hiciste a Mariana Aguilar! ¡Ve y pídele perdón aunque tengas que arrodillarte!
Diego bajó el teléfono lentamente. Me miró. Luego miró a mi padre. Y, frente a todos, dobló las rodillas.
El presidente del Grupo Imperio se arrodilló sobre el mármol, junto a los vidrios rotos y las manchas de vino.
—Mariana, perdóname —dijo con la voz quebrada—. Fui un idiota. Dame otra oportunidad.
Lo observé desde arriba. Durante tres años yo había esperado una disculpa. Una palabra. Un gesto. Había imaginado mil veces que, si Diego me pedía perdón, mi corazón correría hacia él.
Pero no sentí amor. Ni siquiera odio. Solo cansancio.
—Levántate, Diego.
Él alzó la vista, esperanzado.
—Entonces…
—No voy a perdonarte para salvar tu empresa. Y tampoco voy a castigarte para alimentar mi orgullo. Simplemente ya no quiero nada tuyo.
Su rostro se derrumbó.
—Mariana, por favor…
Me quité el anillo que todavía guardaba en mi bolso. Lo dejé sobre una mesa, junto a una copa intacta.
—Tres años creí que este anillo me hacía tu esposa. Hoy entiendo que una esposa no es la mujer que escondes, ni la que usas cuando te conviene, ni la que insultas cuando nadie te contradice. Una esposa se honra. Y tú nunca supiste honrar nada.
Sofía, en un último arranque, intentó lanzarse hacia mí, pero pisó el vino derramado. Resbaló y cayó contra la torre de champaña. Las copas se desplomaron con un estruendo.