Durante años otros habían decidido cuánto valía según su capacidad para convertirse en madre.
Primero Mauricio.
Después Teresa.
Incluso ella misma había terminado creyendo aquella sentencia.
Pero sus hijos no eran la prueba de que finalmente tuviera valor.
Su valor había estado allí incluso cuando creía que jamás podría tenerlos.
Los tres bebés solamente habían llegado para enseñarle algo diferente:
un diagnóstico podía describir una condición médica, pero jamás debía convertirse en la identidad de una persona.
Alejandro se acercó con la niña en brazos.
—Creo que alguien estaba esperando a su mamá.
Valeria tomó a su hija y besó su frente.
Después miró las otras dos cunas.
Recordó aquellas palabras pronunciadas meses atrás frente a un salón lleno de gente:
“Una mujer que no puede tener hijos es tierra estéril”.
Y sonrió.
Porque finalmente comprendió la respuesta que debía haber dado aquel día.
Ninguna mujer es tierra estéril por no poder ser madre.
Estéril es el corazón de quien necesita destruir la dignidad de otra persona para sentirse superior.
Y esa fue la única herencia que Valeria decidió que sus tres hijos jamás
