Compró libros sobre recién nacidos.
Luego compró tantos que Valeria terminó riéndose.
—Alejandro, vienen tres bebés, no estás preparando un doctorado.
—Precisamente porque vienen tres necesito estudiar tres veces más.
Fue la primera vez en semanas que ella se rió hasta llorar.
Una noche, mientras acomodaban tres cunas, Alejandro encontró guardado en una caja uno de los pequeños papeles que Valeria solía pegar en el refrigerador durante los primeros meses de matrimonio.
“Hace frío. Llévate chamarra”.
Él lo sostuvo entre los dedos.
—Los guardé todos.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
Alejandro sonrió.
—Porque durante mucho tiempo nadie se preocupaba por si yo tenía frío.
Aquella respuesta terminó de derribar algo dentro de ella.
Se acercó y lo abrazó.
No fue el abrazo de una esposa cumpliendo un contrato.
Fue el de dos personas que finalmente entendieron que habían dejado de acompañarse por obligación.
A las treinta y cinco semanas, Valeria comenzó con contracciones.
La llevaron de inmediato a una clínica especializada.
Alejandro caminaba de un lado a otro mientras Rafael permanecía sentado aparentando tranquilidad.
—Si sigues caminando así vas a desgastar el piso —murmuró Rafael.
—Papá, cállate.
Rafael sonrió.
Horas después, mediante cesárea, nacieron dos niños y una niña.
Pequeños.
Santos.
Escandalosamente ruidosos.
Cuando Alejandro vio a la primera bebé levantar sus diminutos dedos, comenzó a llorar antes de poder tocarla.
—Hola —susurró—. Soy tu papá.
Rafael, aquel hombre capaz de intimidar una sala entera con una mirada, permaneció frente a las incubadoras con los ojos húmedos.
Valeria se despertó y encontró a Alejandro sentado junto a ella.
—¿Están bien?
—Los tres.
Él tomó su mano.
—¿Y tú?
—Cansada.
Alejandro besó sus dedos.
—Gracias.
Valeria negó lentamente.
—No me agradezcas por darte hijos.
Él la miró confundido.
—Agradéceme por haberme quedado cuando todavía teníamos que aprender a creer el uno en el otro.
Alejandro sonando entre lágrimas.
—Entonces gracias por quedarte.
Meses después, Valeria se volvió más alta.
El antiguo manuscrito del águila ya estaba protegido dentro de una vitrina.
La mancha causada por el agua seguía visible en una de sus alas.
Una colega nueva comentó:
—Qué lástima que nunca pude eliminar esa marca.
Valeria sonríe.
—No es una lástima.
Pensó en Teresa, en Mauricio, en el falso diagnóstico, en aquella boda donde la llamaron tierra estéril y en los tres bebés que probablemente estaban en ese momento volviendo loco a Alejandro en casa.
Después miró nuevamente el ala dañada.
—Hay heridas que no necesitan desaparecer. A veces basta con que dejen de destruirte.
Aquella noche, cuando regresó, encontró a Rafael dormido en el sillón con uno de sus nietos sobre el pecho y Alejandro intentando alimentar a los otros dos al mismo tiempo.
La casa que había conocido como un lugar frío y silencioso estaba llena de pañales, juguetes, biberones y risas.
Valeria permaneció unos segundos en la puerta.
