Yana aceptó reunirse conmigo.
En un lugar público.
Por un breve rato.
Llegué a la cafetería media hora antes.
Cuando ella entró, la reconocí de inmediato.
No porque no hubiera cambiado, sino porque conservaba esa misma costumbre de detenerse en el umbral para observar el lugar antes de entrar.
Se sentó frente a mí.
No me abrazó.
«Encontraste las cartas», dijo.
Asentí.
Le conté todo.
No todo de una vez.
Le mostré los sobres.
La fotografía.
La carta de Stoyanka.
Yana leyó en silencio.
Al terminar, dejó todo sobrela mesa.
«Te odié durante mucho tiempo».
No me defendí. «Entiendo».
Ella negó con la cabeza.
«No. Todavía
no entiendes».
Me contó cómo había esperado.
Cómo fue a nuestra casa, donde mi padre le dijo que yo era feliz
