—Yo lo sostuve hasta que dejó de responder —dijo James al final—.
Lo siento, hijo.
Lo siento todos los días desde hace cincuenta y cinco
años.
Sentí algo imposible de explicar.
Dolor, sí.
Pero también una especie de alivio terrible.
Por primera vez, alguien en este mundo había visto a mi padre en sus últimos minutos.
Alguien había escuchado su voz, sentido el peso de su cuerpo, recibido sus últimas palabras.
Mi padre dejó de ser solo una foto enmarcada.
De pronto tenía barro en las botas, sangre en las manos y una promesa en la boca.
Yo quise preguntarle por qué había tardado tanto.
Supongo que él lo vio en mi cara, porque empezó a responder antes de que yo abriera la boca.
Lo hirieron poco después de la muerte de mi padre.
Pasó por un hospital de campaña, luego Japón, luego Walter Reed.
Lo llenaron de analgésicos, de órdenes, de silencio.
Volvió a casa con metralla en la pierna, noches sin dormir y la cabeza atrapada para siempre en aquella colina.
Me dijo que al principio intentó cumplir la promesa.
El problema era que la dirección que llevaba en el paquete era de una vivienda militar temporal.
Cuando regresó a Estados Unidos meses después, mi madre ya no estaba allí.
Había vuelto con su familia.
Él no tenía dinero, ni contactos, ni estabilidad.
Solo pesadillas, dolor y un paquete que pesaba más con cada año.
Después llegaron la morfina, el alcohol, las peleas, algunos arrestos menores, los trabajos perdidos, la vergüenza.
Hubo temporadas en que dormía en albergues y temporadas en que dormía bajo puentes.