en la olla más grande que tenía. «Hasta que huela bien»: Lucía decidió cuándo estaba lista. El viernes la llevamos al albergue antes del colegio. Teresa, la encargada de las donaciones de comida, inspeccionó la olla y le dijo a Lucía: «Puedes volver cuando quieras». Esa tarde, por primera vez, escribí en un margen del cuaderno: «Una niña de diez años decidió cuándo olía bien. Leonor tenía razón: uno lo sabe».
Seis semanas después
Me llamó Teresa. Un hombre llamado Anselmo había llegado al albergue y había preguntado si alguien le había dejado un mensaje. Cuando se lo leyó, pidió un lápiz y escribió una respuesta: se alegraba de que la sopa hubiera gustado, esperaba que el cuaderno nos fuera útil y ahora estaba ayudando en la cocina del albergue, donde, según Teresa, hacía un caldo excelente. Al final repetía: «Ojalá tus preocupaciones se hayan hecho más pequeñas».
Esta vez
