Cuando éramos jóvenes era un hombre trabajador, alegre y generoso. Durante años tuvimos poco dinero y nunca permitió que alguien se marchara de nuestra casa con hambre. Sin embargo, cuando su pequeña empresa de construcción comenzó a funcionar bien, Alberto cambió lentamente.
Empezó a medir a las personas por lo que tenían.
Por su automóvil.
Su ropa.
Su profesión.
El barrio donde vivían.
Yo se lo señalaba.
—Antes tú no eras así.
Él respondía:
—Antes no entendía cómo funciona el mundo.
Aquel sábado habíamos ido a un supermercado grande porque esperábamos invitados.
Fue allí donde apareció la joven.
Su nombre, aunque todavía no lo sabíamos, era Lucía.
Llevaba pantalones deportivos, una chaqueta demasiado grande y el cabello recogido sin demasiado cuidado. El bebé dormía envuelto en una manta gris.
Cuando pidió ayuda, Alberto ni siquiera preguntó qué había sucedido.
Solo la miró de arriba abajo y decidió que conocía toda su vida.
Después de entregarle el dinero, Lucía me miró sorprendida.
—Señora, no necesito tanto.
—Compra lo que necesites para el niño.
—Puedo devolverle el resto.
