Buscó a Lucía.
—Te debo una disculpa.
Ella respondió:
—Ya la escuché.
—No. Escuchaste una explicación delante de tu padre. Quiero disculparme contigo.
Le dijo:
—No tenía derecho a hablarte así. No importaba quién fueras, dónde trabajaras ni cuánto dinero tuviera tu familia. Aunque hubieras estado pidiendo ayuda todos los días durante diez años, podía haber dicho que no sin humillarte.
Lucía extendió la mano.
—Aceptada.
Alberto todavía tenía algo que preguntar.
—¿Puedo devolverte los cien euros que Marta te dio?
Ella comenzó a reír.
—Pregúntele a su esposa.
—Ya sé cuál será la respuesta.
Lucía tuvo una idea.
—Entonces compre fórmula para alguien más.
Y eso hicimos.
No cien euros.
Más.
Pero tampoco lo convertimos en una fotografía para redes sociales ni en una campaña con el nombre de Alberto.
Lucía nos puso en contacto con una organización que ayudaba a familias con bebés durante situaciones económicas temporales.
Alberto comenzó realizando una donación.
Después continuó colaborando.
Una noche le pregunté:
—¿Lo haces por culpa?
Pensó.
—Al principio sí.
—¿Y ahora?
—Ahora porque finalmente entendí algo.
