—Pero tampoco quiero entrar en una reunión fingiendo que nunca ocurrió.
Aquello fue probablemente lo más digno que había hecho en mucho tiempo.
El señor Ferrer pidió a Lucía que nos dejara continuar.
Ella se acercó primero a Alberto.
—Señor Salcedo.
—Sí.
—Yo no quiero que mi padre rechace su empresa por algo que usted me dijo.
Alberto la miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque usted tiene empleados que no tienen culpa de que aquel día actuara como un imbécil.
Yo tuve que taparme la boca para no reírme.
Hasta Alberto sonrió ligeramente.
—Lo merezco.
—Sí.
Lucía continuó:
—Pero espero que recuerde cómo se siente necesitar algo durante una hora y que alguien decida que esa hora explica toda su vida.
Después se marchó.
La reunión continuó.
Los Ferrer no regalaron nada.
Revisaron números.
Riesgos.
Contratos.
Finalmente aprobaron una financiación mucho menor de la que Alberto pretendía originalmente y con condiciones estrictas.
Su empresa sobrevivió.
Pero algo más importante cambió.
Él.
No inmediatamente.
Las personas no se transforman por escuchar un discurso.
Pero comenzó por algo sencillo.
Volvió al hospital una semana después.
