Alberto comenzó realizando una donación.
Después continuó colaborando.
Una noche le pregunté:
—¿Lo haces por culpa?
Pensó.
—Al principio sí.
—¿Y ahora?
—Ahora porque finalmente entendí algo.
—¿Qué?
—Durante años pensé que las personas que necesitaban ayuda habían tomado necesariamente malas decisiones.
—¿Y?
—Yo casi pierdo mi empresa tomando malas decisiones y nadie me llamó mendigo cuando fui a pedir dinero a un banco.
Aquella frase me sorprendió.
—Eso es bastante inteligente.
—No te acostumbres.
Nos reímos.
Lucía reconstruyó su vida.
El asunto con su esposo terminó mediante los procesos correspondientes.
Regresó a trabajar.
Mateo creció sano.
Su padre, el famoso señor Ferrer, tampoco era un multimillonario como Alberto había imaginado cuando escuchó el apellido de la empresa.
Era un empresario exitoso, sí.
Pero Lucía jamás había querido depender económicamente de él.
Precisamente por eso intentó resolver sola demasiadas cosas después del abandono de su marido.
Una tarde le pregunté:
—¿Por qué no llamaste inmediatamente a tu padre aquel día?
Respondió:
—Orgullo.
—Entonces tú y Alberto tienen algo en común.
Se rio.
—No se lo diga.
Pasaron tres años.
Un día estábamos comprando nuevamente en aquel mismo supermercado.
