—¿Abuelo? —repitió Álvaro—. ¿Mateo Beltrán es tu abuelo?
Elena sostiene su mirada.
—Es el padre de mi madre. Mi nombre completo es Elena Serrano Beltrán.
Lucía dejó caer su copa. Mercedes permaneció inmóvil.
Álvaro observó alternativamente a su esposa y al empresario.
—Llevas 6 años ocultándome esto?
-Si.
La respuesta fue tan directa que lo desarmó.
Elena había abandonado la residencia familiar de La Moraleja a los 27 años. Quería trabajar, equivocarse y enamorarse sin que su apellido determinara cómo la trataban.
Cuando conoció a Álvaro, él desconocía su procedencia. Aquello le pareció maravilloso.
Después llegaron el matrimonio, las responsabilidades y el miedo a perder una felicidad construida sobre un silencio demasiado grande.
—Deberías habermelo contado —murmuró Álvaro.
—Tienes razón —respondió Elena—. Pero mi silencio no justifica tu infidelidad ni esta humillación.
Su marido palideció.
—¿Qué infidelidad?
Elena sacó el teléfono.
Mostró una fotografía tomada accidentalmente por una conocida en un hotel de Marbella. Álvaro aparecía abrazando a Claudia Montero, directora comercial vinculada a su empresa.
La fotografía tenía 18 días.
Lucía apartó inmediatamente los ojos.
—¿También lo sabías? —preguntó Elena.
Su cuñada permaneció callada.
Mateo contempló la escena sin intervenir.
—No he venido a decidir por mi nieta —declaró finalmente—. He venido a entregarle algo que le pertenece.
Álvaro intentó acercarse al sobre.
— ¿Tiene relación con nuestras empresas?
El anciano lo detuvo con una mirada.
— Deberías preguntarte primero por qué tu esposa está llorando.
Elena reconoció la carpeta del divorcio y se marchó con su abuelo.
Durante el trayecto, Mateo respetó su silencio.
Al llegar a su casa, Elena llamó a Inés Aguilar, una abogada especializada en derecho mercantil y familiar.
Al día siguiente, Inés examinó el acuerdo matrimonial.
—No firmes absolutamente nada. Esa cláusula puede dificultar cualquier reclamación relacionada con su trabajo.
Después revisó los correos profesionales de Elena.
Había 312 comunicaciones que demostraban su participación en proyectos estratégicos.
—Tu marido ha convertido tus conocimientos en beneficios empresariales sin reconocer formalmente tu aportación.
Elena respiró profundamente.
—No quiero quitarle su empresa.
—Nadie está proponiendo eso. Queremos proteger tus derechos.
Aquella tarde abrió finalmente el sobre de su abuelo.
Dentro había una carta de su abuela, fallecida 7 años antes, y documentación de una sociedad llamada Beltrán Patrimonial.
La carta explicaba que Elena era beneficiaria de una participación heredada que nunca había gestionado personalmente.
Mateo había administrado determinados derechos mediante un poder que acababa de expirar.
Inés estudió la documentación durante casi 1 hora.
Después levantó lentamente la cabeza.
—Elena, necesitamos revisar inmediatamente una operación llamada Proyecto Levante.
Ella reconoció el nombre.
Era la mayor inversión que Álvaro llevaba meses intentando conseguir para su empresa.
— ¿Qué ocurre con ese proyecto?
Inés señaló una cláusula de los estatutos.
Elena poseía derechos de voto especiales en determinadas operaciones de Beltrán Patrimonial superiores a 50 millones de euros.
Y el fondo que estaba negociando la inversión en Montalbán Sistemas dependía parcialmente de aquella estructura.
La abogada dejó el documento sobre la mesa.
—Tu marido está solicitando 68 millones de euros.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Y eso qué significa?
Inés respondió lentamente:
—Que, para autorizar esa inversión en las condiciones actuales, necesitan tu voto favorable.
Elena miró la fotografía de su boda.
El hombre que acababa de echarla de casa sin reconocer su trabajo necesitaba ahora su autorización para cerrar el negocio más importante de su vida.
Pero todavía ignoraba que la verdadera traición no había comenzado con Claudia.
Había comenzado dentro de su propia familia.
PARTE 3
