de arruinar el momento más importante de la vida de la mujer que amo por un enojo que ni siquiera me pertenecía.
La tomé de las manos, que casi desaparecían dentro de las mangas, y le dije:
—Gracias por dejarme conocerlo hoy.
Nos casamos así: ella con el traje de su padre, yo con un nudo en la garganta. En mis votos añadí una promesa que no estaba escrita: cuidarla como él lo habría hecho. Cuando el oficiante nos declaró marido y mujer, el aplauso fue el más largo que he oído en mi vida.
Una hora después, durante la recepción, Camila apareció de nuevo, ahora con un vestido de novia sencillo y precioso. Bailamos mal, como yo había soñado. Y cuando terminó la canción, me dijo al oído:
—¿Ves? Los dos tuvimos la boda que queríamos.
