damas, todo normal. Cambió la música, todos se pusieron de pie y miré hacia el fondo.
Camila estaba ahí, con su ramo, el pelo recogido, maquillada y sonriendo. Pero en lugar de un vestido de novia llevaba un traje negro enorme. Uno viejo. Los hombros del saco le sobresalían más allá de los suyos, las mangas le tapaban parte de las manos y los pantalones se le amontonaban en los tobillos. Incluso llevaba corbata oscura.
Detrás de mí empezaron los murmullos. Alguien dijo en voz alta: «¿Es una broma?». Miré a Rosario: estaba tan emocionada como todos, pero no tan sorprendida como yo habría querido. Sentí que me enojaba, no con furia, sino con vergüenza y desconcierto. Había fotógrafos, nuestras familias nos miraban y Camila parecía haber asaltado el armario de un anciano sin decirme una palabra
Ella caminó
