el pelo recogido o suelto. Lo único sobre lo que se mostraba extrañamente reservada era su vestido. Me dijo que quería que la primera vez que lo viera fuera cuando caminara hacia el altar. Su mamá, Rosario, la acompañó de compras; una de sus damas fue a una prueba; vi fundas de ropa que iban de un lado a otro y que me pidieron expresamente no mirar.
Aquella mañana estaba nervioso, pero de la buena manera. Mi hermano Diego y dos amigos se arreglaron conmigo, tomamos café y revisamos el pronóstico una y otra vez. Media hora antes de la ceremonia, una de las damas, Paula, pasó junto a nosotros con cara de estrés.
—¿Todo bien? —le pregunté.
—Sí. Camila está bien —dijo, que no era exactamente lo que yo había preguntado.
El traje
Empezó la ceremonia. Me paré al frente con mi padrino mientras todos se sentaban. Entraron las
