subido. Sabe perfectamente que no puede entrar aquí.
Vincent se secó el rabillo de un ojo.
—Tranquila, Rosa. Su hija acaba de mejorar considerablemente mi seguridad.
—Por favor, no le diga esas cosas. Después cree que puede hacer lo que quiera.
Lily enderezó los hombros.
—No hago lo que quiero. Estoy cuidándolo.
Por un instante, Vincent dejó de reír.
Miró a aquella criatura diminuta que hablaba de protegerlo como si se tratara de la tarea más sencilla del mundo.
Había pagado fortunas a hombres entrenados para vigilar puertas, revisar vehículos y anticipar amenazas.
Sin embargo, la única persona que acababa de ofrecerle protección sin esperar nada a cambio era una niña que todavía necesitaba ayuda para abrocharse la chaqueta.
—Entonces haz un buen trabajo —le dijo suavemente.
Lily sonrió.
—Lo haré.
Rosa tomó la mano de su hija y la condujo hacia la puerta.
Antes de marcharse, la pequeña se
