silla ligera que habían sacado del depósito.
Octavio la esperaba junto al portón.
—¿Vas a intentar detenerme?
—No.
—¿Entonces por qué estás aquí?
—Para abrirte la puerta.
Valeria avanzó hacia la avenida. Su padre permaneció inmóvil hasta que ella cruzó la primera esquina. Después subió al automóvil y la siguió a distancia.
En una banqueta rota, la rueda delantera quedó atrapada.
Octavio puso la mano sobre la manija de la puerta.
Se obligó a esperar.
Valeria retrocedió, cambió el ángulo y empujó con fuerza. La rueda se liberó.
No miró hacia atrás.
Octavio comenzó a llorar dentro del automóvil. Durante 3 años había imaginado cientos de peligros, pero nunca había imaginado la posibilidad de que su hija pudiera resolverlos.
Valeria llegó a la cafetería, eligió una mesa y pidió enchiladas y pastel de chocolate. Octavio observó desde el otro lado de la calle.
Cuando ella regresó, él ya no fingió
