está avergonzada de mí. Rodrigo también me culpa. Fernanda lo dejó semanas después. Dice que todo se convirtió en demasiado problema.
Mariana sintió una ironía amarga.
Habían intentado destruirla para construir una vida nueva y, al final, ninguno quería cargar con las consecuencias.
—Yo sé que no puedo reparar lo que hice —dijo Teresa—. Solo quería pedirte perdón.
—¿Por qué aceptó?
Teresa comenzó a llorar.
—Porque pensé que tú le habías quitado a mi hijo. Porque él decía que desde que se casó contigo todo era tuyo: tu departamento, tus decisiones, tus planes. Cuando me propuso fingir un poco más la recuperación pensé que solo quería darte una lección.
—¿Una lección?
—Sí.
—Le limpié el cuerpo durante semanas.
Teresa cerró los ojos.
—Lo sé.
—Me levantaba tres veces cada noche.
—Lo sé.
—Usted me veía destruida y continuó.
—Lo sé.
Mariana sostuvo la puerta.
No necesitaba escuchar más.
—La perdono,
