En el centro del pueblo de Santa Lucía del Monte, en el estado de Hidalgo, había un poste de hierro frente a la presidencia municipal donde normalmente se amarraban los anuncios de las fiestas patronales. Aquella mañana, sin embargo, no sostenía banderines ni carteles. Sostenía a una mujer.
Isabel Arroyo estaba atada con una cuerda áspera que le había marcado las muñecas hasta dejarle la piel roja y abierta. Tenía el cabello desordenado, el rostro cubierto de lágrimas y el vestido café manchado de tierra. Llevaba horas ahí, bajo el sol, rodeada por vecinos que alguna vez le habían pedido favores, que habían comido de las tortillas que ella hacía, que conocían su nombre desde niña. Pero ese día nadie la miraba como persona. La miraban como culpable.
—¡Ladrona! —gritó una mujer desde la primera fila—. ¡Por eso se quedó sola! ¡Dios castiga a las malas mujeres!
—Primero se le muere el marido y ahora roba —dijo otro hombre, escupiendo al suelo—. Esa clase de mujeres siempre trae desgracia.
Isabel cerró los ojos. Las palabras le dolían más que las cuerdas. Hacía dos años había perdido a su segundo esposo, Ramiro, en un accidente de carretera. Desde entonces vivía con su madre enferma en una casa de adobe al final del pueblo, cosiendo ropa, lavando ajeno y preparando comida para vender en el mercado. No molestaba a nadie. No pedía ayuda. Solo trabajaba.
Pero en un pueblo pequeño, una mujer sola siempre es blanco fácil.
Esa mañana la habían acusado de robar cien mil pesos de la casa de don Ernesto Villalobos, el presidente municipal. Decían que habían encontrado parte del dinero escondido en una olla vieja dentro de su cocina. Nadie preguntó quién pudo haberlo puesto ahí. Nadie quiso escucharla cuando dijo que era inocente. Bastó con que Mauricio, el sobrino borracho de don Ernesto, señalara su casa para que todos decidieran que Isabel era culpable.
—Yo no robé nada —repitió con la voz rota—. Por favor, escúchenme. Yo vi a Mauricio salir anoche de la casa de su tío. Yo…
—¡Cállate! —le gritó el propio Mauricio, fingiendo indignación—. Ahora quieres ensuciarme a mí para salvarte.
La multitud rugió otra vez.
Isabel bajó la cabeza. Pensó en su madre, doña Amalia, sola en casa, sin poder levantarse de la cama. Pensó en el caldo que había dejado a medio hacer. Pensó en que, si la llevaban presa, su madre moriría de hambre antes de que alguien se compadeciera.
Entonces, a lo lejos, sonó una sirena.
La gente empezó a moverse. Una patrulla blanca se detuvo frente a la plaza. La puerta se abrió y bajó un inspector alto, de uniforme impecable, mirada dura y pasos firmes. Su nombre era Diego Vargas. Nadie en el pueblo lo conocía todavía, porque acababa de ser enviado a la comandancia regional. Pero su presencia bastó para que el ruido bajara.
—¿Quién autorizó esto? —preguntó con voz seca, mirando a la mujer atada.
Don Ernesto se acercó de inmediato.
—Inspector, llegamos justo a tiempo. Esta mujer robó cien mil pesos de mi casa. La encontramos con pruebas. La amarramos para que no escapara.
Diego lo miró con frialdad.
—¿Y desde cuándo una multitud dicta sentencia antes que la ley?
Don Ernesto tragó saliva, pero intentó sonreír.
—Solo queríamos ayudar a la justicia.
Diego dio unos pasos hacia el poste.
—Levanta la cara —ordenó.
Isabel tembló. Al principio no obedeció. Le daba vergüenza que otro extraño la viera en esa humillación. Pero cuando por fin alzó el rostro, el mundo se detuvo para ambos.
Diego dejó de respirar.
—Isabel…
Ella abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma.
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