Finge ser mi esposa’, susurró él. ¡Un solo beso bastó para romper su única regla!

Parte 1

Valeria Cortés le aventó una taza de café hirviendo a Don Ernesto Carranza frente a medio mercado de Tepatitlán, y el silencio que cayó después sonó más fuerte que un disparo.

El hombre se quedó inmóvil, con la camisa blanca manchada, la cara roja de rabia y la mano todavía levantada, como si no pudiera creer que una mujer sin familia, sin dinero y con una maleta rota se hubiera atrevido a defenderse en público.

—No me vuelve a tocar —dijo Valeria, con la voz temblándole apenas, pero sin bajar la mirada.

Don Ernesto sonrió. Esa sonrisa era peor que un grito. En Los Altos de Jalisco todos sabían que Carranza no necesitaba levantar la voz para destruir a alguien. Era dueño de empacadoras, camiones, bodegas y de la paciencia de varios policías municipales.

—Te vas a arrepentir, muchachita. Te ofrecí techo, sueldo y una oportunidad en mi casa. Ahora no vas a conseguir ni quién te venda tortillas.

Valeria apretó el asa de su maleta. Tenía 82 pesos, 1 blusa limpia y una carta vieja escondida entre la ropa. Nada más.

—Entonces me iré a otro pueblo.

—No llegas ni a la central —respondió él—. Una mujer sola, con tu fama y sin referencias, no dura ni 2 días.

La gente miraba. Nadie intervenía. Unos por miedo, otros por morbo, otros porque en México la desgracia ajena muchas veces se vuelve espectáculo antes de volverse justicia.

Valeria caminó sin saber a dónde. Al doblar por la calle detrás del mercado, sintió que 2 hombres de Carranza la seguían. No corrió. No todavía. Pero sus dedos se aferraron a la maleta como si dentro llevara su última oportunidad de seguir viva.

Entonces una camioneta negra se detuvo junto a ella.

El conductor bajó la ventanilla. Era un hombre de unos 38 años, piel quemada por el sol, sombrero claro, camisa de mezclilla y ojos oscuros que no parecían curiosos, sino atentos. Como si hubiera visto toda la escena y entendido más de lo que ella quería mostrar.

—Súbase.

Valeria dio un paso atrás.

—No lo conozco.

 

continúa en la página siguiente

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