A las siete y veinte, él salió a una junta de desayuno. En la cocina dejó su laptop abierta. No la toqué. Solo vi la pantalla encendida con su calendario.
Todos los jueves, a las doce del día, durante tres meses seguidos, aparecía el mismo nombre.
Valeria.
Tomé una foto.
Y ahí, con el celular temblándome en la mano, entendí que lo que acababa de escuchar en la sala no era el final de una mentira. Era apenas la puerta de entrada.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…