La habitación del bebé aún olía a pintura fresca y talco cuando mi esposo entró con una maleta.
Yo estaba sentada en el suelo, con los tornillos de la cuna ordenados a mi lado, un tobillo hinchado dentro de la pantufla, intentando seguir unas instrucciones que se me deshacían delante de los ojos.
Con cuarenta y cinco años y embarazada de ocho meses, todavía me costaba creer que mi cuerpo me hubiera traído hasta aquí otra vez. Hasta ponerme de pie requería planificación… y un poco de fe.
Así que, cuando vi a Evan con una maleta en la mano, pensé que era solo otro viaje de trabajo.
—¿Por qué tienes una maleta? —pregunté.
La dejó con calma junto a la puerta.
—No puedo seguir con esto.