Me levanté de mi asiento y caminé hacia él. Nolan bajó la mirada, esperando quizás un reproche por los años de silencio, pero en lugar de eso, lo rodeé con mis brazos, hundiendo mi rostro en su pecho. El calor de su cuerpo me devolvió la certeza de que estaba exactamente donde debía estar.
—No te odio, Nolan —le susurré, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba por completo bajo mi abrazo—. Eres el hombre más increíblemente tonto y maravilloso del mundo.
Nos quedamos así durante un largo rato, dejando que el peso de veintiséis años de secretos compartidos se disolviera en el ambiente de la cocina. Cuando finalmente nos separamos, tomé la caja de terciopelo de la mesa, saqué el brazalete y se lo extendí.
—Ahora —le dije con una sonrisa pequeña, secándome las lágrimas—, vas a tener que ayudarme a ponérmelo. Y mañana volveremos a la joyería juntos, porque esta vez quiero que me quede perfectamente a la medida.