El multimillonario fingió estar dormido para poner a prueba a su nueva empleada doméstica… pero lo que ella hizo lo dejó completamente sin palabras.

La señora Robles asintió.

—Hoy a las cinco viene el notario. Quieren que usted firme una cesión temporal de control del Grupo Santillán. Si lo ven alterado, si grita, si habla de voces o fantasmas, van a pedir incapacidad emocional.

Alejandro dio un paso atrás. Tres años de encierro, de puertas cerradas, de empleados huyendo, de médicos pagados por su familia para llamarlo inestable. Todo empezó a tomar forma.

—¿Y mi hija? —preguntó con una calma terrible—. Dígame la verdad sobre mi hija.

La señora Robles negó con la cabeza.

—Yo solo sé que la noche del accidente no encontraron su cuerpo al principio. Después llegó el licenciado Andrés con documentos. Dijo que no preguntáramos.

Inés sintió que la sangre se le helaba.

—Necesito llamar a mi abuela.

Media hora después, doña Rosario llegó en taxi, envuelta en su chal gris y con el tanque portátil de oxígeno. Alejandro quiso protestar, pero Inés lo detuvo con una mirada.

La anciana entró al cuarto infantil y vio el conejito.

—Yo vi uno igual.

Alejandro dejó de respirar.

—¿Dónde?

—En el Hospital General de Toluca, hace tres años. Yo hacía guardias cuando todavía podía trabajar. Llegó una niña de unos cuatro años, golpeada, asustada, con fiebre. No decía su apellido. Solo repetía “mi papá viene”. Traía un conejo de madera.

Alejandro se apoyó en la pared.

—¿Cómo se llamaba?

—En la pulsera le pusieron “Luna Hernández”. Pero una enfermera me dijo que ese nombre lo dio un hombre de traje antes de llevársela.

—¿Quién?

Rosario miró hacia el teléfono que aún estaba en la mano de Inés.

—No recuerdo el nombre, pero sí recuerdo su voz. Dijo: “Mientras mi hermano crea que murió, todos vamos a estar mejor”.

Alejandro cerró los puños.

Andrés.

Su propio hermano.

Buscaron en cajas, archivos y correos antiguos. Inés encontró una carpeta detrás del falso fondo del cajón del escritorio de la señora Robles: recibos de una casa hogar en Puebla, pagos mensuales hechos por una empresa fantasma ligada a Andrés Santillán, y una fotografía borrosa de una niña de siete años con cabello rizado, sosteniendo un conejo blanco.

Alejandro cayó sentado.

No lloró al principio. Solo tocó la foto con un dedo, como si temiera que también fuera una trampa.

—Lucía —dijo al fin.

La mansión, por primera vez en años, escuchó su voz de padre.

A las cinco de la tarde, la familia Santillán llegó como si entrara a un teatro preparado. Andrés venía con traje azul, sonrisa de abogado y un portafolio negro. Su madre, doña Mercedes, caminaba erguida, con perlas en el cuello y la frialdad de quien cree que el apellido vale más que la sangre.

—Hijo —dijo ella—, nos preocupa tu salud.

—Qué casualidad —respondió Alejandro—. A mí me preocupa su conciencia.

El notario esperaba en la sala. También dos médicos privados, listos para declarar que Alejandro no estaba en condiciones de dirigir la empresa.

Andrés fingió tristeza.

—Hermano, lo de hoy es para protegerte. Has estado hablando de voces. De Lucía. De cosas que no existen.

Inés entró con el celular, la bocina y la nota dentro de una bolsa transparente.

—Esto sí existe.

La sonrisa de Andrés se borró.

Doña Mercedes palideció apenas.

—¿Quién es esta muchacha?

—La persona que no pudieron comprar —dijo Alejandro.

Entonces Inés reprodujo el audio: la risa infantil, la cajita musical, el montaje. Después puso sobre la mesa los recibos de la casa hogar, las transferencias y la foto de la niña.

El notario se quitó los lentes.

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