El motociclista desconocido que visitaba la tumba de mi esposa cada semana

Y sin embargo, tampoco me atrevía a bajar. ¿Qué le diría? ¿Con qué derecho reclamaría explicaciones? Si Emily hubiera querido que yo supiera de él, me lo habría dicho. Pero también existía la otra posibilidad: que ella misma no supiera de su existencia.

El sábado en que decidí acercarme
Después de seis meses observando en silencio, comprendí que no podía seguir así. La incertidumbre me estaba corroyendo por dentro más que la propia pérdida. Necesitaba respuestas, aunque doliera escucharlas.

Ese sábado, en lugar de esperar en mi  auto, salí antes de que él llegara. Me quedé de pie a un costado del roble, con las manos temblorosas dentro de los bolsillos, ensayando en mi cabeza las palabras que llevaba meses guardando.
Cuando escuché el motor de la Harley acercándose por el sendero, mi corazón latió con la fuerza de quien está a punto de descubrir una verdad que puede cambiarlo todo.

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El hombre se bajó de la  moto, se quitó el casco lentamente y, al girarse hacia la tumba, se detuvo en seco al verme. Nuestros ojos se encontraron por primera vez en seis meses. En los suyos no había culpa, ni desafío, ni sorpresa. Había algo mucho más profundo: reconocimiento. Como si él supiera exactamente quién era yo, aunque yo no tuviera idea de quién era él.

Entonces dio un paso hacia adelante, tragó saliva y, con una voz quebrada por meses de silencio contenido, dijo las palabras que jamás hubiera imaginado escuchar junto a la tumba de mi esposa.

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