A las once de la mañana ya llevaba veintisiete llamadas perdidas de Emiliano.
A las doce eran treinta y cuatro.
A la una empezó con los audios.
“Regina, ya vi la nota. ¿Qué te pasa?”
“Esto ya es exagerar.”
“Contéstame, por favor.”
“¿De verdad te llevaste tus cosas?”
“Regi… no manches.”
Yo escuchaba los mensajes sin responder, sentada en la sala del departamento de mi prima Nora, en Coyoacán. Ella estaba frente a mí, con una taza de café y esa mirada filosa que siempre tenía cuando quería decirme algo incómodo pero verdadero.
“No está sufriendo porque te perdió”, dijo. “Está entrando en pánico porque creyó que nunca te ibas a ir.”
Y sí.
Eso era exactamente lo que estaba pasando.
Emiliano estaba acostumbrado a que yo aguantara. A que perdonara rápido. A que con una cena, un abrazo tibio y un “ya no te pongas así” todo volviera a la normalidad. Yo era la que recogía los pedazos mientras él seguía haciendo lo que se le daba la gana.
Pero esa vez no.
Esa tarde tuve que ir al departamento por las últimas cajas que no había podido sacar en la madrugada. Nora insistió en acompañarme. Cuando llegamos, Emiliano ya estaba ahí.
Tenía la misma ropa del día anterior, el cabello revuelto y la cara agotada. Apenas me vio, se levantó del sillón como si hubiera estado esperando horas.
“Regina, por fin”, soltó. “Ya estuvo bueno del drama.”
No sentí nada al escucharlo. Ni rabia. Ni tristeza. Solo una calma que a él parecía ponerlo más nervioso.
“No es drama”, respondí. “Es una decisión.”
“¿Por una tontería en un bar?”
“Si de verdad crees que fue por una tontería, entonces nunca entendiste nada.”
Emiliano empezó a caminar detrás de mí mientras yo recogía una lámpara y unas cajas con documentos. Juraba que estaba arrepentido, que había tomado de más, que lo del número no significaba nada, que la mesera ni siquiera le interesaba. Dijo que yo estaba tirando tres años a la basura por orgullo.
Yo seguí metiendo cosas en la cajuela hasta que él soltó la frase que me hizo detenerme.
“Te comportas como si fueras una santa, Regina, pero ni tú eres tan perfecta.”
Me volteé despacio.
“¿Qué quieres decir?”
Él tragó saliva. Por primera vez pareció darse cuenta de que estaba hablando de más.
Pero ya era tarde.
Nora, que estaba a un lado de mí, cruzó los brazos.
“Dilo”, le dijo seca.
Emiliano apartó la mirada, se pasó la mano por la nuca y murmuró:
“Tuve acceso al correo del banco… vi los movimientos de la cuenta de ahorro.”
Lo miré sin entender al principio.
Luego sentí un vacío en el estómago.
La cuenta de ahorro.
La que yo había abierto hacía un año para el enganche de un departamento.
La cuenta que estaba a mi nombre, pero a la que Emiliano tenía acceso porque muchas veces yo le pedí que hiciera transferencias cuando estaba trabajando.
“¿Qué hiciste?”, pregunté, con la voz más fría que he tenido en mi vida.
Él no respondió de inmediato.
Y ese silencio me dijo todo.
“Emiliano”, repetí.
Se sentó, se cubrió la cara con ambas manos y soltó:
“No fue todo… pensaba reponerlo.”
El mundo se me hizo pequeño.
“¿Cuánto?”
“Regina…”
“¿Cuánto?”
Levantó la vista, completamente derrotado.
“Trescientos mil pesos.”
Nora soltó una maldición. Yo me quedé inmóvil.
No era solo dinero.
Era mi ahorro de años. Horas extra. Proyectos freelance. Fines de semana perdidos. Sueños pospuestos. Todo lo que yo había construido en silencio para tener algo mío, algo seguro, algo lejos de él si algún día lo necesitaba.
Y él lo había tocado.
Lo había usado.
“¿En qué?”, pregunté.
Emiliano abrió la boca, pero antes de que respondiera, sonó su celular sobre la mesa.
En la pantalla apareció un nombre de mujer.
Y cuando leí quién era, entendí que la traición era mucho más grande de lo que había imaginado.
Por eso supe que la verdad completa solo podía destrozarlo todo en la parte final.
PARTE 3
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