Él me dijo frente a todos: “No estamos casados, no me perteneces” para justificar su traición, pero unas horas después, cuando regresó del antro y vio el departamento medio vacío, descubrió que esa supuesta libertad le costaría mucho más caro de lo que había imaginado.

PARTE 1

“Ni siquiera eres mi esposa, así que bájale a tus celos.”

Lo dijo sin bajar la voz, con el vaso de tequila en la mano y una sonrisa arrogante en la cara, como si acabara de decir algo brillante y no de humillarme frente a media cantina.

Yo me quedé quieta, sintiendo cómo se me iba el aire. La mesera, una muchacha joven de ojos delineados y coleta alta, seguía parada junto a nuestra mesa con la cuenta entre los dedos. En el reverso del recibo, con la letra de Emiliano, estaba escrito su número de teléfono. Grande. Claro. Sin vergüenza.

Y lo peor no fue eso.

Lo peor fue que él lo hizo mirándome.

Como si quisiera ver hasta dónde aguantaba.

A nuestro alrededor estaban sus amigos del trabajo, muertos de incomodidad, fingiendo revisar el celular o dar tragos largos a sus cervezas. Yo respiré profundo antes de hablar, porque si abría la boca con el pecho ardiéndome, iba a gritar.

“Entonces, ¿por qué vives conmigo como si fueras mi pareja?”, pregunté en voz baja.

Emiliano soltó una carcajada corta, burlona.

“Ay, Regina, no hagas una escena”, dijo, dándole un trago a su vaso. “Nomás le di mi número.”

“¿Nomás?”

“Sí. Vivimos juntos, salimos desde hace tres años, pero no por eso me vas a tratar como si me hubieras comprado.”

La frase me cayó encima como agua helada.

No porque me sorprendiera.

Sino porque confirmó algo que yo llevaba demasiado tiempo negando.

Durante tres años compartí todo con él. La renta del departamento en la colonia Narvarte. Los gastos del súper. Los pagos cuando él “andaba corto”. Las visitas al hospital cuando su mamá se enfermó. Las cenas familiares con su tía chismosa que ya me decía nuera. Las camisas lavadas. Las desveladas. Las oportunidades que yo dejé pasar por estar sosteniendo una vida que se suponía era de dos.

Yo había puesto amor, tiempo, dinero, lealtad.

Él ni siquiera podía dar respeto.

Lo miré unos segundos. Luego asentí.

“Tienes razón”, le dije.

Emiliano sonrió con esa seguridad de hombre que cree haber ganado porque la mujer dejó de discutir.

Él siempre confundía mi silencio con sumisión.

Tomé mi bolsa, me levanté despacio, me despedí con educación de sus amigos y caminé hacia la salida. Nadie me detuvo. Él tampoco. Ni siquiera preguntó adónde iba.

Afuera estaba lloviznando. La ciudad olía a pavimento mojado, humo y fritanga de los puestos que todavía seguían abiertos. Me subí al coche y conduje hasta el departamento sin poner música. Ya no estaba llorando.

Estaba pensando.

Planeando.

A la una de la mañana abrí la primera caja de cartón. Después la segunda. Luego la tercera.

Metí mi ropa. Mis libros. La cafetera que yo compré. Los marcos con fotos donde aparecíamos sonriendo como si fuéramos felices. Hasta las plantas del balcón, porque incluso esas habían sobrevivido gracias a mí.

Cada vez que cerraba una caja, sus palabras volvían a sonar en mi cabeza.

“No eres mi esposa.”
“No me perteneces.”

Cuando empezó a amanecer, la mitad del departamento ya estaba vacío.

Sobre la barra de la cocina dejé mis llaves.

Y una nota breve, doblada con calma:

“Tienes razón. No te pertenezco. Y tú tampoco vuelves a tenerme.”

Cerré la puerta detrás de mí sin hacer ruido.

Pero horas después, cuando Emiliano regresó de antro y vio las habitaciones medio vacías, no imaginó que lo peor todavía estaba por empezar.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

 

continúa en la página siguiente

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