PARTE 1
El calor de abril golpeaba las paredes de la casa de interés social con una furia sofocante, pero Valeria, de apenas 15 años, llevaba puesta una sudadera gruesa y gris, cerrada hasta el cuello. La muchacha caminaba arrastrando los pies por el piso de loseta desportillada, con la mirada clavada en el suelo y unas ojeras oscuras que contrastaban con la palidez fantasmal de su rostro. Desde hacía 4 semanas, la niña alegre que solía jugar futbol en las canchas de polvo de la colonia y reírse a carcajadas con los videos de su celular, había desaparecido. En su lugar quedaba un fantasma que vomitaba el desayuno, se mareaba al intentar levantarse de la cama y lloraba en silencio cuando creía que nadie la escuchaba.
Rebeca, su madre, lo notó desde el primer día. Las madres de verdad tienen un radar para el dolor de sus hijos, un instinto que se clava en el pecho. Una noche, mientras servía la cena en la pequeña cocina iluminada por 1 foco parpadeante, Rebeca miró a su esposo. Ernesto estaba sentado a la mesa, devorando un plato de frijoles con chorizo, con la vista fija en el partido de futbol que transmitía la pequeña televisión.
—No veo nada bien a Valeria, Ernesto —dijo Rebeca, limpiándose las manos nerviosamente en el delantal—. Ya lleva 4 semanas así. No come, le duele mucho el estómago. Necesitamos llevarla a revisar.
Ernesto ni siquiera levantó la mirada del plato. Masticó despacio, tragó y soltó un bufido cargado de desprecio.
—Está exagerando. A los 15 años todo les duele, todo les cansa y todo lo usan para llamar la atención. Seguramente no quiere ir a la escuela o se peleó con las amiguitas.
—No está fingiendo, Ernesto. La escucho llorar en la madrugada.
El hombre golpeó la mesa con la base del vaso de vidrio, haciendo saltar los cubiertos. Su voz, áspera y autoritaria, resonó en la pequeña cocina.
—Te dije que sí está fingiendo. Y no voy a tirar ni 1 solo peso de mi sueldo en doctores por un berrinche de adolescente. Se le va a pasar cuando se dé cuenta de que nadie le hace caso.
Esa noche, el aire en la casa se volvió irrespirable. Rebeca notó que, al escuchar los gritos de Ernesto, Valeria se encogió en el rincón de la sala, abrazando sus propias rodillas, temblando como una hoja. La adolescente no levantó la vista y, cuando Ernesto pasó caminando cerca de ella para ir al baño, la niña contuvo la respiración y apretó los ojos con terror. Rebeca sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una punzada de pánico visceral que no supo cómo explicar.
La desesperación de una madre no obedece a las órdenes de ningún hombre. A la mañana siguiente, aprovechando que Ernesto salió a las 7 en punto hacia su trabajo en un taller mecánico al otro lado de la ciudad, Rebeca tomó los ahorros que escondía en un bote de avena, metió a Valeria en el transporte público y cruzaron el denso tráfico hasta llegar a 1 clínica privada de Guadalajara.
En el consultorio, el olor a alcohol clínico le revolvía el estómago a Rebeca. El doctor, un hombre de lentes gruesos, pasó el escáner del ultrasonido sobre el vientre tenso de la adolescente. De pronto, el médico se detuvo. Su rostro cambió. Frunció el ceño, apagó el monitor de golpe y se quitó los lentes, frotándose los ojos con una expresión de pura consternación.
El hombre bajó la voz, miró a Rebeca con una mezcla de lástima y horror, y susurró algo que hizo que la sangre de la madre se congelara en sus venas:
—Señora… hay algo dentro de ella.
Rebeca sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. El silencio en la habitación se volvió ensordecedor. Era el preludio de una pesadilla abismal, la sensación helada de que algo espantoso, algo que Rebeca simplemente no podía creer, estaba a punto de suceder…
PARTE 2
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