El día que mi padre murió esperando un trasplante, mi marido estaba consolando a su amante. Un mes después, cuando quiso buscarme, yo ya había desaparecido de su vida

Y mi futuro no tenía que parecerse a mi pasado.

Cuando el avión volvió a despegar años después, miré por la ventana.

Las nubes cubrieron la ciudad.

Respiré profundamente.

Mi teléfono vibró.

Lo miré.

Era un mensaje de Marta.

«¿Ya estás en el aire?»

Sonreí.

Respondí:

«Sí.»

Después apareció otro mensaje.

«¿Y ahora qué?»

Miré las nubes.

Y escribí:

«Ahora voy a donde quiero.»

Apagué el teléfono.

Y esta vez no había nadie esperándome abajo.

No había marido.

No había amante.

No había hospital.

No había familia Vidal.

No había secretos.

Solo el cielo.

Y por primera vez en mi vida, eso era suficiente.

FIN

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