Sonrió.
—Eso es lo que más me gusta de ti.
Me quedé quieta.
—Adrián.
—¿Sí?
—No vuelvas a decirme que me amas.
Su sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que nuestra historia termine convertida en una promesa.
—Entonces ¿cómo quieres que termine?
Pensé.
—Con paz.
Él asintió.
—Paz.
Me fui.
Esta vez no miré atrás.
Pasaron dos años.
Volví a Londres.
Mi vida volvió a ser mía.
Celeste comenzó terapia.
Estudió medicina.
Una vez me escribió:
«Quiero trabajar para que nadie vuelva a ser manipulado como nosotros.»
Le respondí:
«Hazlo.»
Nada más.
No éramos amigas.
Pero tampoco éramos enemigas.
A veces eso es suficiente.
Elena se recuperó lo suficiente para salir de la clínica.
Vivió con Celeste.
Tomás abrió una fundación con parte de los bienes recuperados.
La fundación llevaba el nombre de mi padre.
Yo dudé antes de aceptar.
Finalmente lo hice.
No para convertirlo en santo.
Sino para recordar también sus errores.
Porque mi padre no era perfecto.
Y quizá esa fue la última verdad que tuve que aprender.
Las personas que amamos pueden equivocarse.
Pueden mentir.
Pueden tomar decisiones terribles.
Y aun así seguir siendo personas a quienes amamos.
Aceptar eso no significa justificar.
Significa dejar de vivir en un mundo donde los muertos deben ser perfectos para merecer nuestro duelo.
Una tarde, muchos años después, recibí una carta.
