La que lloraba si se manchaba los zapatos.
La hija de una familia rica.
La pequeña Sofía Navarro que ellos recordaban.
No la mujer sentada delante.
Adrián carraspeó.
—No hablaba así.
—Un poco sí —dijo Mateo.
Adrián lo fulminó con la mirada.
—Gracias.
—Solo intento ser honesto.
Me reí.
Adrián parecía cada vez más incómodo.
Y entonces recordó el mensaje.
—No cambies de tema.
—¿Qué tema?
—Gabriel.
—¿Qué pasa con él?
—¿Desde cuándo hablas con mi hermano?
La forma en que lo preguntó me sorprendió.
Casi parecía celoso.
—Desde hace unos tres años.
Su expresión se congeló.
—¿Tres años?
—Más o menos.
—¿Y nunca me lo dijiste?
Levanté una ceja.
—¿Necesitaba permiso?
—No.
—Entonces no entiendo.
Paula miraba alternativamente a ambos como si hubiera pagado por una obra de teatro.
Adrián pasó una mano por su cabello.
—Solo me parece raro.
—Tu hermano participa en una empresa de inversión que financia proyectos tecnológicos.
—Lo sé.
—Hace tres años uno de sus fondos estudió entrar en una compañía que estaba desarrollando sistemas de gestión térmica para baterías de competición.
Adrián asintió lentamente.
—Northbridge Mobility.
—Exacto.
—¿Y?
—Yo era consultora externa del equipo técnico.
Silencio.
—Ah.
—Nos conocimos allí.
Mateo se rio.
—Esto mejora cada minuto.
Adrián lo ignoró.
—¿Gabriel sabía que eras tú?
—Tardó unas tres reuniones.
—¿Cómo puede tardar tres reuniones en reconocerte?
—A diferencia de ti, no me pidió una foto antes.
Paula se tapó la boca.
Mateo miró al techo.
Yo fingí no notar que Adrián se había puesto rojo.
Terminamos la comida poco después.
Afuera estaba lloviendo.
Paula y Mateo se marcharon juntos.
El chico de gafas doradas, Nicolás, pidió un coche.
Me despedí de todos con normalidad.
Cuando abrí mi paraguas, escuché:
—Sofía.
Adrián me alcanzó.
—Te llevo.
—Tengo coche.
Miró el estacionamiento.
—¿Dónde?
Señalé.
Mi camioneta tenía seis años.
Negra.
Con barro seco alrededor de las ruedas.
Adrián la miró.
Luego a mí.
—Sigues conduciendo eso.
—¿Qué tiene?
—Nada.
—Tu cara dice algo.
—Solo pensé que con…
Se detuvo.
—¿Con qué?
—Nada.
—Dilo.
Suspiró.
—Con el tipo de clientes que tiene vuestro taller, pensé que conducirías algo más…
—¿Caro?
—Sí.
—Tenemos coches caros.
Abrí la puerta.
—Pertenecen a nuestros clientes.
Por un instante volvió a parecer el chico de quince años.
—Siempre odiabas las camionetas.
—También odiaba las aceitunas, levantarme temprano y ensuciarme las manos.
—Has cambiado mucho.
Sonreí.
—Han pasado diez años.
Adrián bajó la mirada.
—Supongo.
Iba a subir cuando habló otra vez.
—Sofía.
—¿Sí?
—Lo de la foto…
Mi mano se quedó sobre la puerta.
Él no sabía cuánto había escuchado.
No con certeza.
—¿Qué pasa con la foto?
—Nada.
Esperé.
—Solo…
Se frotó la nuca.
—Cuando me la enviaste, me sorprendió.
—¿Porque estoy fea?
Levantó la cabeza de golpe.
—Yo no dije eso.
—No.
Cerré la puerta sin entrar.
—Dijiste: «¿Cómo voy a declararme ahora?».
Su rostro se quedó completamente inmóvil.
La lluvia golpeaba el paraguas.
—Sofía…
—También preguntaste qué hacer si me aferraba a ti.
—Eso…
—No hace falta explicar.
—Sí hace falta.
—Adrián.
Lo miré con calma.
Eso pareció ponerlo todavía más nervioso.
—No estoy enfadada.
—Deberías estarlo.
—Quizá.
—Estábamos bromeando.
—Lo sé.
—Los chicos empezaron a molestar y…
—También lo sé.
—Yo no quería…
Respiró.
—No sabía qué decir.
—Entonces dijiste lo primero que pensaste.
Se calló.
—Y está bien.
—No está bien.
—Para mí sí.
—¿Cómo puede estar bien?
Pensé unos segundos.
—Porque me ahorraste una confusión.
Frunció el ceño.
—¿Qué confusión?
Durante muchos años había fantaseado con aquel hombre.
No exactamente con el Adrián adulto que tenía delante.
Con una versión congelada a los quince años.
El muchacho que me guardaba la mitad de su helado.
Que peleaba con otros niños si se burlaban de mí.
Que me esperaba después de las clases de piano.
Que una vez me había dicho:
—Cuando seamos mayores, me voy a casar contigo para que no tengas que irte nunca.
Tenía trece años.
Yo catorce.
Conservé aquella frase mucho más tiempo del que debía.
Incluso cuando su familia dejó de visitarnos.
Incluso cuando se fue al extranjero.
Incluso cuando hablábamos cada vez menos.
Una parte de mí había seguido pensando:
Quizá algún día.
Ahora ese «algún día» había llegado.
Y yo había escuchado lo suficiente.
—La confusión de creer que seguía enamorada de ti.
Adrián dejó de respirar.
—¿Seguías…?
Sonreí.
—Eso creía.
—Sofía.
—Tengo que irme.
—Espera.
—Mi padre me necesita.
Entré en la camioneta.
Antes de cerrar la puerta, Adrián dijo:
—¿Y ahora?
Lo miré.
—¿Ahora qué?
—¿Ya no?
No respondí.
Arranqué.
El McLaren no tenía un problema dramático.
Mi padre siempre hacía sonar todo como una emergencia.
Cuando llegué al taller, estaba de pie junto al coche con las manos en la cintura.
—Por fin.
—Me dijiste que no tocaran nada.
—No tocaron.
Martín apareció desde detrás de un elevador.
—Eso es mentira.
Mi padre lo fulminó.
—Cállate.
—Ha abierto el programa tres veces.
—Solo estaba mirando.
Dejé el bolso.
—¿Qué pasó en la prueba?
Martín me entregó una tableta.
—Está reduciendo potencia después de dos vueltas fuertes. La temperatura del inversor sube antes de lo esperado.
Me incliné.
Durante la siguiente hora dejé de pensar en Adrián.
Eso era lo bueno de las máquinas.
No fingían.
No tenían orgullo.
No te decían una cosa pensando otra.
Si algo fallaba, había una causa.
Podías buscarla.
Medir.
Probar.
Equivocarte.
Volver a probar.
A veces pensaba que estudié ingeniería porque después de perderlo todo necesitaba vivir en un mundo donde los problemas tuvieran razones verificables.
A las ocho y media encontré el origen.
Un sensor estaba enviando datos erráticos bajo carga.
Martín silbó.
—Sabía que era eso.
—Hace cuarenta minutos dijiste que era la bomba.
—He evolucionado.
Mi padre rio.
Mi madre apareció con tres recipientes de comida.
—¿Van a dormir aquí?
—Probablemente.
—Pues coman.
Así era nuestra vida.
No elegante.
No perfecta.
Pero nuestra.
Mientras cenábamos junto al banco de herramientas, pensé en la conversación del restaurante.
Mi madre me observó.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Tienes la cara de «nada» que ponías a los dieciséis.
Mi padre levantó la cabeza.
—¿Qué pasó?
—Me reuní con Adrián.
Ambos se quedaron quietos.
Mi madre fue la primera.
—¿El hijo pequeño de los Salvatierra?
—Sí.
Mi padre soltó un sonido poco amable.
—Ese.
—Papá.
—¿Qué?
Mi madre lo miró.
—Come.
Mi padre obedeció.
—¿Cómo está? —preguntó ella.
—Bien.
—¿Y sus padres?
—No pregunté.
—Bien hecho —dijo mi padre.
—Papá.
—Estoy comiendo.
Mi madre me observó.
—¿Pasó algo?
Pensé.
—Descubrí que llevaba años enamorada de un recuerdo.
Ella no hizo preguntas.
Solo empujó hacia mí el recipiente con arroz.
—Eso pasa.
—¿A ti te pasó?
—Con tu padre.
Mi padre levantó la cabeza.
—Estoy aquí.
—Precisamente.
Por primera vez en todo el día me reí de verdad.
A la mañana siguiente, cuando llegué al taller, había un coche desconocido frente a la entrada.
Un Porsche gris.
Mi primer pensamiento fue que un cliente había llegado demasiado temprano.
Después la puerta se abrió.
Gabriel Salvatierra bajó.
Adrián y él se parecían.
Pero solo lo suficiente para reconocer que eran hermanos.
Gabriel tenía seis años más.
La última vez que lo vi con frecuencia yo tenía catorce años y él veinte.
En aquella época me parecía un adulto.
Ahora, con treinta y uno, me sorprendió pensar que ya no lo veía así.
Llevaba pantalones oscuros, camisa blanca y una chaqueta doblada sobre el brazo.
Miró el taller.
Después a mí.
—Buenos días.
—Llegas temprano.
—Me dijiste que aquí empezaban a las siete.
—Y tú dijiste que los inversores dormían hasta las nueve.
—He cambiado de opinión.
Le entregué un casco ligero.
—Hoy veremos el prototipo en el banco. No te acerques a nada marcado en rojo.
—¿Eso es una amenaza?
—Una recomendación para conservar todos los dedos.
Sonrió.
—Extrañaba tu amabilidad.
Entramos.
Gabriel llevaba casi un año coordinando una inversión en una empresa con la que nosotros colaborábamos.
