agua que yo todavía no podía sostener sin que me temblara la muñeca. Rebecca seguía sentada al otro lado, con la libreta cerrada sobre las rodillas, como si hubiera decidido que aquella parte no iba a escribirla hasta escucharme del todo.
—Te escucho —repitió el oficial.
La habitación olía a plástico y a la manta térmica que ya me habían quitado de encima, aunque el recuerdo del frío seguía pegado a la piel. Por la ventana se veía el estacionamiento del hospital. Los coches entraban y salían. Cada par de faros me apretaba el pecho. Tuve que mirar la sábana para poder hablar.
—Fue dos días antes de la tormenta —dije—. Bajé a la cocina. Papá estaba al teléfono. No vi quién lo llamaba. Había un sobre de la aseguradora en la mesa, blanco, con el membrete azul. Él dijo: si ella descubre lo del seguro, tendremos un problema.
Rebecca
