y que esperaba en otra sala, sin acceso a nosotros. Me alivió no tener que ver el abrigo claro. También me dejó un hueco en el estómago, porque lo que no se ve puede seguir firmando.
La señora Patel habló primero. No usó adjetivos. Dijo que en la póliza familiar constaban reclamaciones por más de ochenta mil dólares a mi nombre, por supervisiones y servicios que no coincidían con ninguna cita en la que yo hubiera estado. Dijo que la autorización de supervisión permanente llevaba la firma de Richard Walls y que, mientras ese documento siguiera activo, otras oficinas podían tratarme como a una menor incapaz de hablar por sí misma. Después me miró.
—Si puede, cuéntenos qué tratamiento recibió antes del viernes.
—Ninguno —dije—. No estaba enferma. El viernes mi hermana puso un frasco en mi cuarto y mi padre me echó sin abrigo. Estuve bajo la lluvia hasta
