con la manga descosida hacia afuera. Se quedó en el pasillo hasta que Rebecca le permitió cruzar. El abrigo olía a casa, a detergente y a lluvia seca. Verlo me dio ganas de llorar y de devolverlo al gancho al mismo tiempo.
—No te pedí que me lo trajeras —dije.
—Lo sé. Estaba donde lo dejé. No tengo derecho a ponértelo encima. Solo quería que dejaras de tener frío.
—El frío ya pasó. Lo demás no.
Dejó el abrigo en la silla porque yo no extendí las manos. Se sentó cuando Rebecca se lo indicó, lejos de la cama, con las rodillas juntas, como un visitante y no como el dueño de la habitación. Daniels no se fue. Había decidido que las conversaciones de aquella familia ya no ocurrirían sin testigos.
—He dado el nombre de Marisol por escrito —dijo papá—. Les he dicho que firmé una carpeta sin leerla.
