caliente en los bordes. Buscó a Rebecca con la mirada, incómoda.
—Esto acaba de llegar a admisiones —dijo—. Piden el traslado de la paciente a un programa de supervisión de larga estancia. Viene a su nombre. Y otra vez aparece la autorización del padre.
Daniels tomó el papel antes de que yo pudiera leer más que mi apellido y la palabra permanente. La fecha era de aquella misma tarde. Yo estaba en la cama, con las vías todavía puestas, y alguien, en alguna oficina, seguía escribiéndome una enfermedad que no tenía.
—¿Quién lo envió? —preguntó Rebecca.
La enfermera señaló la línea de abajo.
—El sello es de la clínica. La extensión que figura al final pertenece a facturación. A Marisol Vega.
Daniels dobló el fax con cuidado, como se dobla una prueba y no una carta. Me miró.
—No van a trasladarte a ninguna parte —dijo—. Pero ella ya sabe
