di el acceso una tarde, en la clínica, para que mirara una reclamación que yo no conseguía abrir. Me dijo que lo cerraría cuando terminara. Creí que lo había cerrado.
Daniels anotó el nombre. Lo deletreó. Marisol Vega. Facturación. Clínica de la póliza familiar. Yo repetí el apellido en silencio para no olvidarlo. Hasta esa mañana aquella mujer no tenía cara. Ahora tenía un sitio en la historia de mi cuerpo frío.
—Karen dijo que necesitaba dinero —murmuró papá—. No me dijo que alguien le pagara. Si Marisol la usó, yo no lo vi. O no quise verlo. El día de la llamada de la aseguradora, Karen llegó temblando y me enseñó el frasco antes de que yo pudiera preguntarle por la carta. Me puso a mirar a mi hija pequeña. Y yo miré.
—Me echaste —dije.
—Sí.
—Tres horas.
No pudo levantar la cara. Daniels guardó el bolígrafo.
—Vamos
