me dejó el abrigo en el gancho y cerró el cerrojo.
Daniels abrió otra vez la carpeta por la última página, la de la autorización firmada.
—Esta firma declara que necesitabas supervisión médica permanente —dijo—. No es una receta. Es un documento para que otras personas pudieran pedir tratamientos y cobros a tu nombre sin que tú tuvieras que estar presente. Lleva la firma de tu padre. La fecha es anterior a la noche de la tormenta.
—Yo nunca estuve enferma —dije—. Nunca me quedé en un hospital antes de esto. Nunca firmé nada.
—Lo sabemos —dijo Rebecca—. Por eso estás hablando con nosotros y no con quien quiera mudarte a un programa.
La palabra programa me heló más que el recuerdo de la lluvia.
—¿Mudarme?
—Alguien lo intentó —respondió Daniels—. En los registros hay reclamaciones por más de ochenta mil dólares. Consultas, supervisiones, medicamentos que no pasaron por tus
