echó.
La voz se me quebró en la última palabra. No intenté componerla. Rebecca me acercó el vaso y esperó a que bebiera. El agua me dolió en la garganta, que seguía seca desde la ambulancia.
—¿Recuerdas algo más de la llamada? —preguntó Daniels—. Un nombre. Un lugar. Si él dijo que iba a firmar algo.
Cerré los ojos. La cocina volvió con el olor a café. Papá de espaldas. El cajón de las llaves.
—No dijo un nombre. Después de la frase se quedó en silencio, escuchando. Luego dijo que el viernes estaría en casa temprano. Y colgó. Guardó el sobre donde guarda las llaves del coche. Me preguntó si estaba ahí. Le dije que iba por agua. Me sonrió y me pidió que me abrigara porque iba a llover.
Al decirlo sentí una náusea que no era del suero. Me había pedido que me abrigara. Dos días después
