Valeria continuó.
—Escuché lo que dijo de mis padres. Escuché cuando dijo que tarde o temprano iba a depender de ustedes. Y te escuché decir que sabías cómo manejarme.
—Era una broma.
—No sonaba como una.
—Mi mamá habla así.
—Y tú te reíste.
Diego cambió de estrategia.
—Bueno, está bien. Fue de mal gusto. Cuando regresemos lo hablamos. Pero necesito que al menos nos ayudes con los gastos de estos días.
Valeria cerró los ojos un instante.
Ni siquiera ahora lograba separar una conversación de la otra.
La disculpa y la petición de dinero venían en la misma frase.
—No.
—Valeria, no tenemos suficiente efectivo para todo lo que Karla reservó.
—Entonces cancelen lo que no puedan pagar.
—Ya hay cosas apartadas.
—Ustedes las apartaron.
—Pensando que tú ibas a cubrirlas.
—Exactamente.
Diego volvió a subir la voz.
—¿Ves? Por eso te digo que esto parece un castigo.
—No es un castigo. Es la consecuencia de que gastaras mi dinero sin preguntarme.
Esa vez él no tuvo una respuesta rápida.
Valeria escuchó ruido del otro lado.
Doña Carmen estaba preguntando qué decía la carta.
Diego intentó alejarse, pero su madre insistió.
—¿Qué carta, Diego?
—Nada, má.
—¿Cómo que nada? Dime qué hizo esa muchacha.
Valeria oyó con claridad cuando doña Carmen tomó el teléfono.
—Valeria, esto ya llegó demasiado lejos.
Su tono no tenía rastro de la mujer cansada que, según Diego, había estado llorando minutos antes.
—Carmen —respondió Valeria.
—Nos dejaste tirados en otro estado por una tontería.
—Ustedes tienen vuelo de regreso y una reservación.
—No se trata de eso. Se trata de que una esposa no hace estas cosas.
—¿Qué cosas?
La pregunta descolocó a doña Carmen.
—Ya sabes.
—No. Dímelo.
—No deja a su marido sin dinero.
Valeria apoyó la mano sobre el respaldo de la silla.
—El dinero de Diego sigue siendo de Diego.
—Ahora son un matrimonio.
—Sí.
—Entonces todo se comparte.
—¿También las decisiones?
Doña Carmen no respondió.
—Porque nadie compartió conmigo la decisión de comprar cuatro boletos —continuó Valeria—. Nadie compartió conmigo la decisión de cambiar mi luna de miel. Nadie me preguntó si quería pagar los paseos de Karla. Eso sí lo decidieron ustedes solos.
—Éramos familia.
—Eso me dijeron muchas veces.
