Su objetivo era establecer límites claros sobre el uso de sus cuentas, sus tarjetas y los bienes que existían antes del matrimonio, además de dejar constancia de que Diego no tenía autorización para comprometer dinero, contratar servicios o tomar decisiones financieras en nombre de Valeria sin su consentimiento.
Ella había pedido a su abogado algo sencillo: nada de discursos, nada de insultos y nada de advertencias vacías.
Solo hechos.
Solo límites.
Solo aquello que Diego necesitaba entender antes de regresar.
—Firma únicamente si estás segura —le dijo el abogado.
Valeria respiró despacio.
Recordó la sala llena de cajas de regalos de boda.
Recordó a Diego diciendo que su madre y su hermana irían a Cancún.
Recordó los cuatro boletos cargados a la tarjeta adicional.
Recordó a doña Carmen dando instrucciones sobre la camioneta, la comida y la arrocera como si Valeria hubiera sido contratada para organizar el viaje.
Y recordó lo que más le dolía.
No había sido el dinero.
Había sido esperar que su marido dijera una sola frase para defenderla y descubrir que él estaba de acuerdo con su madre.
Valeria firmó.
Su abogado tomó el documento y preparó el envío.
Al otro lado del teléfono, Diego seguía hablando.
—Te estoy diciendo que mi mamá necesita llegar al departamento. No puedes dejarnos aquí así.
Valeria se levantó de la silla.
—El departamento está reservado.
—¿Entonces por qué no pagas el transporte?
—Porque ustedes decidieron viajar.
Diego tardó un momento en contestar.
—Tú ibas a venir.
Esa era la primera pregunta que realmente le interesaba.
—Significa exactamente lo que dice.
—¿Qué bienes tienes?
Ahí estaba.
Ni una disculpa por los boletos.
Ni una palabra sobre haberle dicho a su madre que sabía cómo manejarla.
Ni una pregunta sobre por qué Valeria había preferido tomar otro vuelo antes que continuar junto a él.
Lo primero que Diego quería saber después de leer la carta era qué bienes tenía ella.
—Eso no es lo importante —respondió Valeria.
—Claro que es importante. Estamos casados.
—Otra vez esa frase.
—Porque es verdad.
—Estar casados no significa que puedas gastar cualquier cantidad sin preguntarme.
—Eran vacaciones familiares.
—Era nuestra luna de miel.
Diego respiró con fuerza.
—Mi mamá te considera parte de la familia.
Valeria recordó la voz de doña Carmen diciendo que ella no tenía a dónde correr.
—Tu mamá considera que debo pagar para ser parte de la familia.
—Eso no es justo.
—Lo escuché, Diego.
Él dejó de hablar.
