Antes de casarme, mi papá me pidió que protegiera mi dinero y mi departamento. Dos años después, mi esposo intentó transferir 10 millones de pesos a su hermano sin preguntarme. “¡Soy tu marido, tengo derecho!”, gritó al ver que el banco rechazaba la operación. Yo llamé tranquilamente a mi abogado. Esa misma noche descubrí que no solo querían quedarse con mis ahorros.

Después soltó una carcajada amarga.

—Así que llevas dos años engañándome.

Y entonces pronunció unas palabras que jamás olvidaré:

—Mi madre tenía razón. Una mujer rica solamente sirve mientras aprende a compartir lo que tiene.

Antes de que pudiera responder, levantó el teléfono y llamó a alguien.

—Mamá, ven mañana con Diego. Mariana necesita entender quién manda en esta familia.

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Todavía no sabía que aquella llamada era apenas el comienzo de algo mucho peor.

PARTE 2

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