Su esposa embarazada de 6 meses se negaba a salir de la cama. Lleno de rabia y sospechas, él arrancó la cobija… y la escalofriante verdad le destrozó el alma.

PARTE 1

Mateo y Elena llevaban 4 años de casados cuando por fin la prueba de embarazo mostró las 2 ansiadas líneas. Vivían en una pequeña casa de interés social en Ecatepec, Estado de México, un lugar donde el ruido de los microbuses y la música de cumbia de los vecinos nunca se apagaba. Mateo se ganaba la vida trabajando turnos de más de 12 horas en un taller mecánico al borde de la avenida principal, mientras Elena solía ayudar en un puesto de barbacoa que su familia tenía en el mercado de la colonia.

El embarazo, que ya marcaba el mes número 6, debía ser el momento más luminoso de sus vidas. Sin embargo, una sombra densa había caído sobre su hogar.

Desde hacía 3 semanas, Elena había cambiado drásticamente. Se negaba a salir de la cama. Día y noche permanecía acostada de lado, envuelta hasta el cuello con una pesada cobija de tigre, sin importar que el calor de la tarde hiciera sudar a cualquiera. Apenas probaba bocado; los platos de caldo de pollo y las tortillas hechas a mano que Mateo le dejaba en la mesita de noche se quedaban fríos y marchitos.

Pero el verdadero veneno en esta historia no era el silencio de Elena, sino los constantes murmullos de Doña Rosa, la madre de Mateo. La mujer, que vivía a solo 2 calles de distancia, visitaba la casa a diario con el único propósito de sembrar discordia.

—Esa mujer tuya te está viendo la cara, mijo —le decía Doña Rosa una tarde, cruzada de brazos en la pequeña cocina, mientras Mateo se lavaba las manos manchadas de grasa automotriz—. 6 meses no son nada. Cuando yo te esperaba a ti, a los 8 meses seguía lavando ropa a mano y moliendo maíz. Tu esposa lo que tiene es flojera. Te está usando de su sirviente. ¿Y si ni siquiera está enferma? ¿Y si nada más quiere tenerte controlado?

Las palabras de su madre, repetidas como un martilleo constante día tras día, comenzaron a echar raíces en la mente cansada de Mateo. El estrés de pagar las deudas, el cansancio físico y la frustración de llegar a casa solo para encontrar a su esposa escondida bajo las sábanas, sin mirarlo a los ojos, lo estaban llenando de un resentimiento oscuro. Empezó a sospechar. ¿Estaba Elena exagerando? ¿Acaso estaba deprimida porque no quería al bebé? ¿O su madre tenía razón y Elena simplemente se aprovechaba de su devoción?

Una noche de viernes, Mateo regresó a casa pasadas las 10. La calle estaba oscura, y a lo lejos solo se escuchaba el inconfundible llamado del carrito de los tamales oaxaqueños. Mateo entró azotando la puerta, exhausto y con la cabeza a punto de estallar.

Caminó hacia la habitación. Ahí estaba Elena, en la misma posición de siempre, aferrada a los bordes de la cobija con los nudillos blancos de tanta fuerza que aplicaba. El plato de comida de la mañana seguía intacto.

—Ya basta, Elena —dijo Mateo, con una voz dura y fría que nunca antes había usado con ella—. Llevas semanas así. Mi madre tiene razón, me estás volviendo loco. Levántate de una maldita vez.

Elena tembló de pies a cabeza. Sus ojos, rodeados de profundas ojeras, se llenaron de lágrimas de terror.

—No, Mateo, por favor… —suplicó ella, con la voz quebrada en un susurro apenas audible—. No me obligues… no veas, te lo ruego.

Esa actitud a la defensiva fue la gota que derramó el vaso. Ciego por la frustración, la duda y el enojo acumulado, Mateo dio 2 zancadas hacia la cama.

—¡Dije que ya basta! —gritó.

Con un movimiento brusco y violento, Mateo agarró el extremo de la gruesa cobija y la arrancó de un solo tirón, dispuesto a obligarla a ponerse de pie. Pero al bajar la mirada hacia la cama, todo el enojo se evaporó de su cuerpo en un instante, reemplazado por un frío paralizante. Era imposible imaginar el horror que estaba a punto de desatarse…

PARTE 2

 

continúa en la página siguiente

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