Después de meses perdiendo la vista, llamé por accidente a un desconocido y le conté que mi marido quería administrar la herencia que mi padre me había dejado. “Hay algo extraño en tu medicina”, respondió antes de colgar. Cuando apareció en mi casa al día siguiente, conservé la calma y escondí el informe que traía; horas después vi por primera vez algo que mi esposo jamás imaginó que yo pudiera presenciar.

PARTE 1

—Si sigues quejándote, un día voy a dejarte sola y ni siquiera sabrás por dónde salir de tu propia casa.

La frase de Mauricio me dolió más que el ardor que sentía en los ojos.

Estábamos en la recámara de la casa que había heredado de mi padre, a las afueras de Querétaro. Yo estaba sentada frente al tocador mientras mi esposo me aplicaba las gotas que, supuestamente, debían frenar la extraña enfermedad que me estaba dejando ciega.

—Solo te pedí que me llevaras al jardín —respondí—. Quiero oler las rosas que plantó mi papá.

—Tengo una reunión. No puedo organizar mi vida alrededor de tus caprichos.

Dos meses antes todavía distinguía rostros. Ahora apenas veía sombras.

Todo había comenzado poco después de la muerte de mi padre, don Ernesto Salgado, un conocido tasador y coleccionista de arte. Me dejé la casa, una pequeña colección de pinturas y varias inversiones. Mauricio manejaba sus propios negocios, pero desde que mi vista empeoró empezó a insistir en que firmara un poder notarial para que él pudiera “resolver las cosas por mí”.

Yo siempre me negaba.

Y cada negativo parecía convertirlo en un hombre distinto.

Esa noche salió otra vez y me dejó sola.

Cansada y desesperada, busqué el teléfono de teclas grandes que todavía podía utilizar. Quise llamar a Patricia, una amiga de la universidad. Marqué de memoria.

Cuando escuché que alguien contestaba, hablé sin pensar.

—Paty, ya no puedo más. Mauricio quiere que firme un poder sobre todo. Cada día veo menos y siento que estoy encerrada aquí.

Hubo un silencio.

Después respondió una voz masculina.

—Perdón… creo que se equivocó de número.

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