Sus ojos estaban fijos en el cuerpo inmóvil sobre la camilla metálica, y el tono de su voz temblaba de incertidumbre… -Ruby

Por favor, no realicen la autopsia. Esperen dos horas. Minutos después, cuando la morgue sea asaltada y el cuerpo…

La monja desaparece misteriosamente, y el médico se agita al darse cuenta de lo que realmente sucedió.

“Pero, pero, ¿qué es eso? ¿Es un tatuaje? ¿Qué es eso en su cuerpo, Dr. Fonseca?”, preguntó Camilo, dando dos pasos apresurados hacia atrás, como si algo lo hubiera empujado.

Sus ojos estaban fijos en el cuerpo inmóvil sobre la camilla de metal, y el tono de su voz temblaba de incertidumbre.

Al otro lado de la fría sala, rodeado de azulejos blancos e instrumental quirúrgico, el doctor Foseca, el cirujano más experimentado del lugar, que acababa de abrir un armario en busca de bisturíes y cuchillos, se dio la vuelta con el ceño fruncido.

¿A qué te refieres con “tatuaje apuntando hacia arriba”? ¿Qué viste, Dr. Camilo?

Preguntó con claridad, intrigado, mientras se acercaba con pasos lentos. Sobre la camilla de acero inoxidable yacía algo que no se veía todos los días en esa morgue: el cuerpo de una monja.

Todavía vestía el hábito negro, que le sentaba muy bien a su cuerpo joven y delicado.

Su rostro, pálido y angelical, parecía más el de alguien profundamente dormido que el de alguien vivo, pero estaba muerta y no había una explicación clara para su muerte.

Camilo, el mejor de los dos capataces, permaneció en silencio durante varios segundos.

Esperó a que su compañero se acercara, buscando las palabras adecuadas para describir lo que acababa de presenciar.

—¿Viste su tatuaje, Camilo? ¿Eso es todo? —repitió el médico jefe, tratando de comprender qué era lo que tanto preocupaba a su colega.

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